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Diario de a bordo

A las 08:45 sale de casa y la sigo tapado con un gorro y un cuello alto que me llega hasta la barbilla.
A las 09:10 sigue caminando por la ciudad, aparentemente sin rumbo fijo.
Después de tropezarse con varias personas a la salida del metro, sobre las 10:00 entra en una tienda de compra-venta y entra en un bar.
No parece darse cuenta de mi presencia cuando entro y me quedo en la barra con mi desayuno de cerveza.
Le traen el bocadillo más grande que deben tener y una taza humeante.
No sé si sigue en la casa donde nos conocimos, no sé si está con alguien, pero estoy seguro de que aún no ha encontrado a alguien que la mantenga.
Ella es toda una buscavidas. Pero por alguna razón sigue buscándome a mí. A mí y al mar de mi ventana.

De cómo fui feliz

Me dijo que lo habían dejado, que no le daba lo que ella necesitaba.
Por aquel entonces me había mudado a un piso de alquiler con vistas al mar. Creo recordar que una vez me dijo que le gustaba el mar.
Había dejado al de los globos y estaba con otro. Uno que le regalaba cosas caras a cambio de conservarla en su cama. Y joder cómo lo entendía, si hubiera tenido pasta yo hubiera hecho lo mismo.
Siempre iba sin avisar, sin importar lo que estuviera haciendo.
Que si acababa de llegar del trabajo, que si estaba con alguien, que si me estaba vistiendo; a ella le daba igual. Me arrastraba a la cama y nos pasábamos allí horas.
En la cama, casi nunca abrazados, la única vez fue cuando murió su tortuga, fumando, cruzando algunas palabras de vez en cuando. Luego abandonaba nuestra conversación y perdía la vista en el mar de mi ventana.
Era como estar en nuestro propio mundo, uno solo nuestro donde no importaba nada más.
Era como ser feliz durante el tiempo que estuviera en casa y volver a la miseria en cuanto se iba.

La pelirroja

Una vez llevó a la casa okupa al tío de los globos. No tenía suficiente con saber que los había visto que tenía que restregarme lo contenta que estaba en su presencia.
Yo no fui menos y llevé a... a un chica que se llamaba... Bueno, era pelirroja.
Así que allí estábamos los cinco: el tío de los globos, Lía, Napoleón, la pelirroja y yo; sentados en círculo, fumando, bebiendo y riéndonos de lo perra que es la vida.
Creo que me salió un tic de la crispación que sentía al ver su mano en la delicada cadera de Lía.
La pelirroja y Napoleón lo notaron y se miraron pensando: "mientras esté callado nos da igual".
Porque iba a hablar, estaba claro que antes o después acabaría estallando y partiéndole esa cara de gilipollas que tenía.
También él se dio cuenta y le plantó un beso a Lía delante de mis narices. Cuando estaba a punto de tirarme sobre él, la pelirroja me sacó fuera.
No recuerdo su nombre y empiezo a olvidarme de su cara. Solo recuerdo el rojo, el calor.
Ella era cálida. Siempre me pedía que la abrazara. Puta, pero cariñosa.

Delfín

Recuerdo que una vez, mientras cabalgaba sobre mí, fijé mi vista en el colgante que adornaba su fino cuello.
¿Le gustarían los delfines o lo llevaba por otro motivo?
Cuando le pregunté sobre el tema, se vistió y se largó. Como si no soportara estar conmigo más de lo necesario.
Si hubiera sido otra me hubiera dado igual, incluso me habría ido yo primero, pero por alguna razón, lo único que quería era estar más tiempo con ella, a su lado, dentro de ella. Lo que quisiera, lo que me dejara.
Una vez, en una feria de barrio, la vi con otro tío.
Le regaló un globo en forma de delfín. Entonces debían gustarle.
No pude saber de qué zona de mi cuerpo salía esa ira al verla sonreír, cuando a mí no me dedicaba ni una mirada amable.
Pues a ese juego también sabía jugar. Buscaría a otra que me la sacara de la cabeza.

Así la conocí

Me fui a vivir a una casa de okupas. No me apetecía morirme de frío a la vista de cualquiera que pasara por delante de mi banco.
Me dijeron que podía quedarme el tiempo que quisiera, lo que en idioma de hippycomunista significa quedarse hasta que lleguen los maderos a calentarnos un rato.
Me acomodé entre un guitarrista frustrado que tocaba en el metro canciones de Dylan y un sin techo que bien podría haber sido la reencarnación de Napoleón.
Y para escapar de acordes desafinados y el olor a muerto de Napoleón, fijé mi vista en una chica que tomé por asiática.
No sabía su nombre, ni su edad, ni por qué estaba allí. Me daba igual, yo solo quería quitarle esa mirada triste a mordiscos.
Y era insoportable verla día tras día, comiendo como un ratoncito, partiendo pequeños pedazos de galletas y llevándoselos a la boca. Esa boca pequeña y dulce que tanto me moría por probar.
Quería hacerle cosas innombrables y ella lo sabía.

Bala perdida

¿Sabéis lo que es ser un bala perdida? Pues yo lo soy.
Lo descubrí una fría mañana de otoño. La del 23 de octubre del 96, en concreto.
Volvía a casa de una fiesta a la que me habían prohibido ir. ¿Qué palabra, eh? Prohibir.
Recuerdo esa mañana porque ya casi estaba sobrio. Lo que pasó antes, es algo que la experiencia me ha enseñado a no querer recordar.
El caso es que hacía frío y no tenía la cazadora con la que salí de casa dos días antes.
Cuando llegué a casa me pareció la misma discusión que otras veces y como de costumbre, me fui directo a mi habitación.
Ese día me lo llamaron por primera vez: "Eres un bala perdida", me dijeron, y las palabras se quedaron grabadas en mi mente.
Me lo dijeron con una contundencia y una dureza que hice una maleta cogiendo lo primero que vi y no volví a pisar aquella casa.
En mis horas de vagabundo a tiempo parcial, reflexioné mucho sobre el tema.
La real academia o lo que sea, define una bala perdida como una bala disparada sin objetivo fijo, por lo que su destino puede ser impredecible. En las personas viene a ser alguien sin mucha moral que puede hacer daño a quienes le rodean. ¿Y qué?, pensaréis.
Es lo mismo que pensé yo y he aquí mi conclusión:
Me llamo Ezequiel, soy un bala perdida y no me importa.

Una puta canción para cada ocasión

Lia era como una de esas muñecas de porcelana. No. Era... bueno, no sabría decir cómo era, pero era una de las personas más increíbles que he conocido.
Tenía un pelo precioso; largo, interminable, negro como el azabache. También era suave y delicado.
Como ella.
Tenía los ojos grandes pero con rasgos orientales. Tal vez fuese eso lo que le daba un aspecto aniñado. Tal vez fueran sus pecas adornando su rostro. Las mismas que parecían pinceladas de dolor en sus pequeños hombros. Lia era así. Guardaba mucho dolor en su pequeño cuerpo.
Demasiado delgada para mi gusto, casi esquelética, pero me gustaba la fragilidad que envolvía sus movimientos.
A veces me parecía notar cómo se rompía bajo mi atenta mirada.
Tengo su risa grabada en mi mente. La oigo cada vez que escucho una de nuestras canciones.
Ella le ponía banda sonora a todo. Esa era su maldita afición. Cantarme al oído cuánto me odiaba.
Lia era así.
Una puta canción para cada ocasión. Taladrando mi tímpano con su dulce voz.