Mostrando entradas con la etiqueta Trampas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trampas. Mostrar todas las entradas

Capítulos 7, 8 y 2ª parte de Trampas

- ¿Quién sigue a quién?- la sorprendió mirando los buzones.
Ella se sobresaltó. A él le encantó.


- ¿Vendrías?- había comenzado un juego peligroso. Ya no podía echarse atrás.
- Tal vez...si me lo pidieras por favor..- Sally y su carita de niña buena. Nunca le había
fallado.
- Ven a mi casa. Ahora.- no era una petición, ni había un por favor, pero se lo pedía sin
parpadear, mirando fijamente sus ojos verdes. Rozando su mano.
Descargar capítulo 8 



Hoy actualización doble, no os podréis quejar. 


Trampas, 1ª parte

Por fin os traigo la primera parte.
Aquí podéis leer un pequeño resumen general y os iré poniendo el enlace para que la descarguéis.
Espero que os guste y como siempre espero comentarios y opiniones.

Me llevó a un bar en la ciudad. A pesar de haber pasado mi niñez y parte de mi juventud allí, no recordaba aquel lugar.
Era el típico antro de las películas en las que tíos con muy mala fama se juntaban para beber en lo que parecía ser su club privado.

Noté cómo todos se giraron cuando entramos. Ellie conocía a la mayoría de ellos, que sutilmente, le dedicaron más de una miradita indecente.
Nos sentamos en una mesa al fondo del local.
No solo era una sensación mía, sus miradas asesinas se me clavaban como dagas en llamas.
No recuerdo de qué hablamos.

Recuerdo risas. Recuerdo un momento triste, esa expresión de pasividad en ella, recuerdo más risas... y recuerdo a la perfección al camarero. Le vi muchas veces. Bebimos mucho. Demasiado.

Sigo sin entender lo que pasó esa noche. Sospecho que echó algo en mi bebida, puede que fuese solo por el ambiente del lugar. El humo, el olor, el ambiente hostil en el que, por un momento, me sentí cómodo.


Desperté por la tarde en mi cama, vestido y con la peor resaca de mi vida.
Debí quedarme dormido en cuanto me tumbé. Solo un momento, me dije.
Llamé a Ellie en cuanto recuperé la voz. No contestó. Lo intenté siete veces más con la misma suerte.

Me presenté en su casa cuando anochecía. Me esperaba.
Abrió la puerta sin que me diera la oportunidad de llamar. Estaba increíble.
Con un vestido rojo que se ajustaba a la perfección a su increíble figura y unos tacones de los que dudé que fuera capaz de andar. Pronto despejó mis dudas.

Me cogió de la mano y me llevó hasta su coche.

- Esta noche toca bailar. ¿Me acompañas?

No pude responder. Fui incapaz de articular palabra.
Durante casi todo el camino permanecimos callados salvo algunos comentarios sin la menor importancia.


El local era muy distinto al de la noche anterior. Moderno, grande y con una parte VIP a la que accedimos sin ningún problema. Arriba todo era distinto.
Imagen de: Cyanide
La música, a un volumen altísimo, lo envolvía todo y por alguna extraña razón no molestaba. Más bien incitaba a bailar, a seguir los movimientos que Ellie ya había empezado.
Movimientos que sumados a ese vestido me volvían loco. 
Me ofreció una copa que no pude rechazar.

Y el ritmo de la música cambió. Y ella se acercó más a mí, rodeándome el cuello con los brazos, haciéndome enloquecer con ese perfume.
Rozándome el cuello con sus labios, enredando sus finos dedos entre mi pelo...
Y después un beso, tímido, muy despacio. Un suspiro.
Un beso más largo, húmedo. Y después otro y otro más.
Y yo volviéndome loco.


Siento no poder dar más detalles pero es una época que apenas recuerdo.
 
Ese día también me desperté tarde, envuelto entre la ropa de la cama. No recordaba nada pero las sábanas aún conservaban su olor.
Me di la vuelta deseando que ella estuviera allí. No, no estaba y la única huella de su presencia era su perfume enloquecedor por toda la habitación.
Me costó un rato encontrar toda mi ropa, que adornaba cada rincón de la habitación.
Lo único que lamentaba era no acordarme de nada.

Volví a llamarla y no me contestó. Pensé que me llamaría ella.
Nunca lo hizo.
 
Últimamente había descuidado el trabajo, así que ese día lo dediqué por completo a ponerme al día. Afortunadamente, mi jefe no tenía nada urgente para mí, por lo que podría trabajar tranquilamente desde casa.
 
Una idea me cruzó la mente y me sentí terriblemente estúpido al no caer antes.
Si hay algo que hace un periodista es investigar y comprobar datos como, por ejemplo, los que aparecen en ese diario.
Estaba repleto de nombres pero ninguna fecha; no sería suficiente, pero tenía que intentarlo.
No encontré a ningún Lyam. En su lugar, en la sección de sucesos, un accidente en una carretera del norte. No hubo supervivientes.
Podía ser ese accidente que mencionaba el diario, puede que no.
No pude averiguar nada.
Ya que estaba jugando a los detectives, quise saber más sobre la muerte de los padres de Ellie.
 
Fue en un accidente de coche. En la carretera que iba desde el pueblo a la ciudad, un camino que habían recorrido miles de veces.
Ese día Ellie no había ido con ellos porque se encontraba enferma.
No se supo qué pasó exactamente. Dijeron que fue un fallo mecánico, ya que no había tráfico ni ningún objeto en la carretera que pudiera provocar tal accidente.
Encontré también declaraciones de gente del pueblo y familiares.
 
Al ser un pueblo pequeño los periódicos se habían ensañado con ello y los vecinos aprovecharon para tener su minuto de gloria.
 
Una vecina, la tía de Ellie, le echaba la culpa a ella.
Según ella nunca debieron adoptar a esa niña. Siempre supo que traería problemas, que no era la primera vez que ocurrían esas cosas a su alrededor.
 
Llamé al periódico preguntando por la noticia y pidiendo que me enviaran la dirección o el teléfono de esa mujer. No hubo problema. Al cabo de un par de días lo tendría.
 
¿Adoptada? Ellie nunca me dijo que era adoptada.
También investigué eso pidiéndole a un compañero que me devolviera un favor. Pronto sabría más sobre la misteriosa vida de Ellie.


Tuve un sueño del que no he podido olvidarme y que aún hoy puedo recordar con claridad.
Estábamos en el lago, cerca de casa. Siempre hacíamos un pequeño picnic, pasábamos el día fuera de casa, disfrutando del sol y del buen tiempo.
Recuerdo a papá y a mamá riéndose. Después de aquello jamás volvieron a reír.
Recuerdo el olor del verano y la luz que había en todas partes.
Parecía que era ella la fuente de esa luz; con su energía inagotable, llenaba nuestras vidas de una felicidad que no supimos apreciar.


Imagen de: Ms. Cyanide
Emma y yo nos tirábamos desde la colina. Competíamos en todo. Quién era el más rápido, quién saltaba mejor. Y papá siempre se apuntaba. Acabábamos todos en el suelo, agotados de tanto reír.
En mi sueño estaba ella. No recuerdo haberla visto allí aquel día. Ellie estaba escondida entre los árboles. Solo pude verla un segundo antes de que mi hermana me empujara y cayéramos los dos al agua.
En aquel momento no vi la relación y supuse que mi preocupación por su comportamiento se había colado entre mis recuerdos.
Ahora que lo pienso, Emma y Ellie siempre se llevaron bien.
Después el sueño se volvió oscuro, mis padres ya no reían y nos acercábamos a la tumba de Emma. Me desperté cuando su mano salió de la tierra.
 


Me levanté más tarde que de costumbre.
La habitación de Emma seguía igual. Mi madre no había tocado nada y seguía poniendo su plato en la mesa. En el fondo me daba pena. Dieciséis años y aún no lo había superado.
Esa tarde fui al cementerio. No había vuelto a ir desde que la enterramos. Incluso le llevé flores. Creo que las amapolas eran sus favoritas.


Pasé casi toda la tarde allí, hablando con ella y esperando que estuviera donde estuviera, pudiera ver que su hermano era de los que hablan con los que ya no pueden escuchar. 

Imagen de: Ms. Cyanide
Siempre me pareció ridículo que la gente hiciera eso.

Una mano en mi hombro me dio un buen susto. Era Ellie.
- No era mi intención asustarte. 
- No soy tan asustadizo como crees. ¿Qué haces aquí?
- Pasaba por la aquí y me pareció ver tu coche.
- ¿Pasabas por aquí? Estamos bastante lejos del pueblo.
- Vine a ver a mis padres. Solo quería hacerte
compañía, pero si quieres estar solo...
- No, quédate, por favor.


Permanecimos en silencio durante mucho tiempo. No llevaba flores y tampoco la había visto acercarse a otra tumba, eso sin contar con que de pronto me hablaba.


- Supongo que la muerte de los padres es algo que marca mucho.
- Si.
- ¿Estás bien? Si necesitas algo puedes pedirme lo que sea.
- Gracias. Eres muy amable.- No sé dónde vi antes la pasividad, si en su voz opaca o en sus ojos apagados.
- ¿Quieres que nos vayamos?
- Sígueme. Conozco un sitio.
"Cuando desperté ese chico me estaba abrazando. Noté el frío cuando me alejé de su cuerpo.
Imagen de: Ms. Cyanide
Le habían dado una paliza. Tenía un ojo  morado y sangre seca en el labio y la nariz.
No recordaba en qué momento me desmayé. Aún estaba débil. Mis pensamientos se amontonaban y mis músculos no parecían responderme. Concentré todas mis fuerzas en hablar y mantenerme despejada.

Era una sala oscura. Entraba una luz tenue a través de una pequeña ventana. Demasiado alta como para llegar a ella y la puerta, aunque envejecida y carcomida, oía a los hombres de Marc detrás de ella. No hubiera sido inteligente intentar escapar.  La humedad se metía en los huesos y había un plato con lo que parecían restos de comida. Seguramente habían intentado ser amables al darle de comer y por su aspecto, deduje que no les había dicho lo que querían saber.

- Escúchame, esos quieren algo que tienes. Dáselo y nos soltarán.

Intenté parecer asustada, estaba segura de que, a pesar de no conocerme, intentaría protegerme.

- Me hablaron de dinero. Nunca se me ocurrió abrir la mochila que me dio Ben. Si se lo doy ya no nos necesitarán y nos matarán.
- Es a ti a quien necesitan,  no a mí. Llévales hasta el dinero y nos dejarán.
En ese momento apareció uno de los matones de Marc. Tras darme una patada en las costillas se llevó al chico.

Cuando volvieron me levantaron y me arrastraron hasta un coche. Durante el viaje me fui recuperando y ellos firmaron su sentencia de muerte.

Estábamos en el coche frente a la casa del chico. Uno de ellos me sujetaba y apoyaba su navaja en mi cuello, seguro de que seguía indefensa.
- Si intentas algo ya sabes lo que le pasará a tu novia. No intentes nada raro o el siguiente serás tú. ¿Entendido?
- Si, vámonos.
Imagen de: Ms. Cyanide

Me quedé a solas con el idiota ese. Tal vez pensó que  sería inofensiva al ser mujer. Error.
Le degollé con su propia navaja. Ahora solo tenía  que esperar a que salieran. Primero el chico con el  dinero,  seguido por otro gorila. Atraje su atención y  me persiguió hasta un callejón. Tuve que romperle el  cuello. Seguro que le dolió menos que la patada en  mis costillas. Al chico le dejé vivo. Asustado y  traumatizado, pero seguía respirando.
Me llevé el dinero. Había sido toda una aventura. Nada como el peligro para ponerte a mil."



No podía dejar de leer. Cada vez me tenía más intrigado. Decidí subir de nuevo al ático para buscar algo más.
No sabía qué buscaba exactamente. Tal vez más diarios, la prueba de que todo aquello fuera el manuscrito de un libro por publicar. En el fondo esperaba encontrar algo de ella.


Mientras buscaba, un destello salió del ático que estaba en frente.
Vi a Ellie inquieta. Daba vueltas por toda la habitación, como si buscara algo.
¿Lo mismo que yo? No, no podía ser. Buscaría otra cosa.
No sé por qué supuse que sería buena idea ir a su casa.
Llamé varias veces antes de que me abriera. Tal vez no esperaba tener visita.
- Deberías irte, ahora mismo estoy ocupada y no puedo atenderte.
No me dejó entrar.
- Es solo un segundo Ellie.- dije vacilante, a la espera de su respuesta.
- Qué quieres.
- No sabía lo de tus padres. Lo siento mucho.
- Vale. ¿Algo más?

Dudé. Me cerró la puerta antes de decirme adiós.

Eso fue mucho más extraño que la última vez. Había cambiado mucho.
Cuando estaba de vuelta ante la puerta de mi casa oí cómo salía y corría hacia el coche, que desapareció en segundos.
Estaba pasando algo y estaba dispuesto a averiguar qué era.
"Lyam me llamó ante él. Tenía un nuevo trabajo para mí.

Había estado muchas veces en ese despacho. La luz naranja, un sofá de cuero rojo, una pequeña mesa de madera labrada y unos butacones verdes a los lados. Su mesa de trabajo, también de madera, era  normal verla ocupada por una pila de informes que pronto se convertirían en el trabajo de alguien y un ordenador que siempre estaba encendido. Me senté frente a él, en una de las sillas granates con adornos dorados. Me encantaban sus muebles. Eran muy cómodos.

Ben Staanson. Uno de los nuestros.
Le enviaron a recoger un encargo y no se los volvió a ver ni a él ni al dinero. No era muy listo si pensaba que podía robar a Lyam sin que se diera cuenta.
Mi tarea: averiguar dónde estaba el dinero.
Mi método: la tortura.
La entrega debería haberse hecho en el norte. Me esperaba un largo viaje por delante.

Fui al último sitio donde le vieron, un bar a las afueras de un pequeño pueblo. Lyam me dio el nombre de sus contactos y de los que tendría que fiarme para encontrar a Ben.
No era tan tonto como parecía.

Se movió hacia el este cambiando varias veces de coche. Al final le encontré donde todo empezó. Una ciudad junto al mar donde el puerto era utilizado frecuentemente como lugar de intercambios y negocios rozando lo ilegal.
Le vigilaba de lejos cuando vi que metía todo el dinero en una mochila que le dio al chico que lo acompañaba.

Se dirigió al sur con parte del dinero para sobornar a uno de mis contactos. Me habían advertido de que lo había intentado antes para distraer la atención de quienes le seguían.  Su error fue parar en una de las casas de alterne regentada por nuestra fiel Dianne.
A los diez kilómetros su coche sufrió un pequeño accidente. No hubo supervivientes.

El siguiente paso era encontrar a su amigo. Si sabía dónde se metía y era un chico listo, me la entregaría sin problemas; si decidía resistirse, tendría que recurrir a otros métodos.
El amigo en cuestión estaba muy bien relacionado. Conocía a dos bandas, rivales entre ellas y no tenía relación directa con ninguna. Tendría que ir con cuidado, la discreción es algo de vital importancia.

Le seguí durante días hasta que averigüé todos sus pasos.

Me quité mi habitual traje de cuero y me vestí con unos simples vaqueros  y una camiseta para dirigirme hasta su trabajo. No tardé en entablar relación con él. Le dije que era amiga de Ben y me invitó a salir aquella noche.

Esa noche, en el bar, estaba a punto de llevarlo al hotel donde me alojaba cuando nos atacaron. Sabían lo que tenía en su poder,  pero no me reconocieron.
El chico quedó inconsciente tras dos golpes y yo cedí. Me resultaban familiares y quería averiguar cuanto pudiera.

Nos llevaron a un almacén. Oscuro y húmedo, qué original.
Cuando llegó Marc, todos supieron quién era.
Un viejo amigo de Lyam al que no le gustaba mucho recibir órdenes. Se fue por libre y desde entonces nos la tiene jurada a todos los que seguimos con Lyam. Especialmente a mí. Sabía que era la única forma de llegar hasta él.
Imagen de: Ms.Cyanide
Su roce en mi piel era repugnante. No había cambiado nada desde que intentó violarme con quince años. Desde aquel día Lyam juró matarle si volvía a ponerme un dedo encima. Sabía que no podía tocarme y aún así, hace dos años, consiguió encontrarme y darme una paliza.

- No voy a tocarte, preciosa. No soy estúpido. Hay otras formas de doblegar a una chica como tú.- estaba tirada en el suelo, me levantó la cara y pude ver la aguja y el frasco que sostenía en sus manos.- Es solo un tranquilizante. No me tomaría tantas molestias si no te conociera tan bien. Tu rapidez, tu inteligencia, tu fuerza... Todo inútil en cuanto esto recorra tus venas.


Consiguieron vencerme y drogarme. Cuanto más me resistía más rápido se extendía la droga. Esos malditos sabían lo que hacían."
Me despertó un rayo de sol, raro en aquella época del año, pero igualmente agradecido.
Aún era temprano. Salí de casa pensando en bajar al pueblo y terminar el artículo. 

 
Apenas había cambiado. Las mismas calles, las mismas tiendas, la misma gente. Debo añadir que el sol de aquel día le daba un aspecto encantador.
Había restos de los adornos del carnaval. Deambulé por las calles y no tardaron mucho en reconocerme y preguntar por mi repentina vuelta a casa.
 

Entré en una cafetería nueva esperando encontrar algo de tranquilidad. Encendí el portátil y me puse a trabajar. Tenía que corregir un par de artículos, no soportaría estar allí sin nada que hacer.
 

Estaba cansado, había dormido mal por culpa de aquel libro. Entre mis divagues algo me llamó la atención fuera de la cafetería.
Ellie Silverston.
 

Ellie vivía en la mansión de al lado. Habíamos sido grandes amigos de niños. Jugábamos en el lago y por las noches nos veíamos desde la ventana del ático. Era encantadora.
Años después empezamos a salir juntos y lo nuestro terminó el día que me fui. Debí haberme despedido aunque de haberlo hecho, ella hubiera encontrado la forma de hacer que cambiara de idea.
 

Siempre sabía qué decir. Por muy mal que fueran las cosas, yo sabía que siempre estaría  ahí. Qué equivocado estaba.
Me obligué a apartar la vista de ella y concentrarme en la pantalla. No quería que me   viera. Aún no.
 

Las nubes empezaron a cubrir el cielo  cuando  volvía a casa. No lo consideré una  señal, lo raro  era ver el sol.
 
Bajé del coche y vi que Ellie también  acababa de  llegar.
Estaba mirándome, seguramente sorprendida al verme y a la espera de que me acercara.

Imagen de: Ms.Cyanide
- Ellie, cuánto tiempo.- dije mientras la   estrechaba entre mis brazos.
- Matt, ¿cómo estás?

Me lo preguntó con desgana mientras se deshacía de mi abrazo. No  pude adivinar lo que ocultaba  su voz.

- Bastante bien. Ahora soy periodista. ¿Recuerdas cuando de niños decía que quería viajar?
- Claro. Siempre se te dio bien huir. Perdóname, tengo que irme.
- Llámame si quieres hablar.- Dije alzando la voz. 

No entendí por qué se había comportado así.
Ya no era la Ellie que yo conocí. "Supongo que todo el mundo cambia" pensé.
 
Durante la cena les comenté mi breve encuentro con Ellie.
Mi madre me dijo que se fue poco después de que lo hiciera yo, cuando sus padres murieron repentinamente.

 
- Desde su vuelta se ha comportado de una forma muy extraña. 

 
Me sentí fatal por lo que sucedió esa mañana. Al día siguiente intentaría arreglarlo.
Imagen de: Ms. Cyanide
Era un libro negro con las tapas de piel y las hojas amarillas aunque no hubiera podido adivinar cuánto tiempo llevaba ahí.
La letra era cuidada, cada trazo desprendía ira, tanta, que la tinta traspasaba las páginas.
Ni un dibujo, ninguna nota en los márgenes, tal vez fuese eso lo que me llevó a leerlo.


"Cada vez siento menos el dolor. Ese desgraciado casi consigue apuñalarme. Una lástima, nunca intentará apuñalar a nadie más.

La sangre se quita fatal, es lo peor de este trabajo. No me quité la ropa; aún quedaba trabajo por hacer. No es una parte tan divertida como la caza, pero el cobro por mis servicios es una parte indispensable. 
Ya puedo imaginarlo. No irá él, nunca van. Mandará a un sicario, alguien a quien pagará solo por darme mi dinero. Un gasto innecesario, en mi opinión. Con gusto aniquilaría a esa calaña. Hombres que se creen muy machos detrás de sus armas, los que no piensan y solo actúan. Me río de esos. Nunca he visto ninguno que haga bien su trabajo; les hieren, les matan, les torturan y hablan y lo peor de todo es que dejan cabos sueltos sin siquiera darse cuenta. Inútiles. Nunca mandes a un hombre el trabajo de una mujer.
¿En el garito de mala muerte? No, puede haber testigos. ¿El callejón oscuro? Tampoco, demasiado obvio. Me gusta éste. Esta vez será a las afueras. Al menos en el pago tiene estilo.

Llegué temprano al lugar acordado, siempre me ha gustado la puntualidad. Unos hombres me invitaron a subir al coche.
- Buen trabajo. El jefe está contento. ¿Cómo sabías dónde encontrarle? Llevaba seis meses desaparecido.
- Es mi trabajo. Encuentro a gente y la mato. ¿Está todo?- dije mirando el sobre que ocultaba en el bolsillo.
- Diez mil. La cantidad acordada. El jefe quiere saber si estarás disponible la próxima vez.
- Dile a tu jefe que no habrá próxima vez.

Salí del coche sin decir nada más. No estaba nada mal pero empezaba a aburrirme perseguir delincuentes de poca monta. Demasiado predecibles.
Había sido una noche larga. Descansaría y mañana temprano entrenaría más. Casi me apuñala y eso no me hace ninguna gracia. Solo espero que el próximo trabajo sea mejor."


Aún confuso por lo que acababa de leer me fui a la cama. No podía ser de mis padres. Demasiada imaginación para alguno de ellos, pero ¿y si fuera real? ¿Sería posible? Preguntas que tal vez nunca obtuvieran respuesta. Para mi suerte o mi desgracia, la tenían.
Había quedado en ir la semana después del carnaval. Por aquella época me pareció una fecha muy lejana, pero había llegado el momento y ya no podía posponerlo más. Tenía que volver a casa.

La mansión apenas había cambiado. Los colores no eran tan brillantes como los recordaba y ahora no se me antojaba inmensa como tiempo atrás.
Era un día nublado, lo que le daba al jardín y a la casa un aspecto sombrío.

Mi padre estaba en el sofá, sentado frente a la tele y con una cerveza en la mano. Siempre lo he recordado y lo recordaré así.

Mi madre en la cocina, como si fuera su hábitat natural, se mostró inquieta cuando me ofrecí a ayudarla con la cena.

Subí a mi habitación. Me sorprendió ver que seguía ahí, tal y como la dejé cuando me fui.
Con una pequeña cama, un escritorio y las innumerables fotografías en el espejo. Muestra de un tiempo en el que los recuerdos eran felices y que ahora se disipan como la niebla en este valle.

Deshice las maletas y bajé a cenar. Los dos estaban sentados justo donde los recordaba. También había un hueco vacío, con sus platos y cubiertos. Mi madre aún esperaba que volviera. Una de las razones por las que no soportaba aquel lugar.


La cena transcurrió con normalidad, sin sobresaltos ni una palabra más alta que otra.
Ayudé a mi madre a fregar mientras mi padre roncaba en el sofá.

Imagen de: Ms.Cyanide
Tanta calma y tranquilidad siempre me disgustó.
Me fui a la cama más cansado de lo que pensaba, aunque no tardé mucho en despertarme.
Me revolví, inquieto durante horas, hasta que decidí levantarme.

Los recuerdos volvían a mi mente y aún no sé por qué subí al ático. Como si algo me llamase.
El polvo había hecho estragos en aquella habitación. 

Y allí escondido, en un hueco en la madera del suelo, lo encontré. Me gustaría desear no haberlo encontrado nunca, pero lo cierto es que me alegro de haberlo hecho. Aunque me hubiera costado la vida.